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jueves, 31 de enero de 2013

Con la muerte en los talones.



Desde pequeño busco el poder absoluto mediante la venganza, parecía una tarea fácil, Comía odio y cagaba ira… su mirada se había vuelto tan vacía como mirar al espacio desde la luna. Su corazón ya era de metal y su voz se había escondido en lo profundo de su garganta, las pocas veces que hablaba, parecía que lo hacia desde una tumba escavada en las entrañas de la tierra.

Pero con el tiempo fue aprendiendo cosas. Una de ellas fue que conforme avanzaba por su camino, iba perdiendo otras cualidades que le convertían en persona. Cosas que no podía volver a recuperar y que en fondo no le importaban mientras se dirigía al preciado destino. Extravió el amor… por supuesto, ni siquiera miró atrás. Lo dejo desangrándose en una cuneta alejada de la mano de Dios. Se alimento de su piedad hasta que fue lo suficientemente inocente como para exterminar a los débiles.

Se decía que al alcanzar el poder, se lograba de alguna manera la paz. Pero entonces no sabía que sembrando muerte y destrucción. Las flores que nacían de todo aquello eran de sangre y como tal anunciaban la misma venganza que el proclamaba sumiéndose en un ciclo sin fin, donde la paz eran todos esos momentos donde no sonaba la guerra. Aun así siguió su destino de manera milimetrada. Hasta lograr su objetivo.

La cosa es que una vez arriba no hay nadie que se pueda bajar sin defender lo obtenido, así que sigo subiendo y bajando su espiral de violencia injustificada. Abandonando y retomando su reino contra todo aquel que se pusiera delante. La locura y la sed le poseyeron por completo y lentamente fue vertiendo tanta sangre y vidas por su andadura.

Que finalmente le nombraron la muerte de este siglo y al igual que la parca su nombre comenzaba con una m, como el miedo o la mentira. Pero ya no sentía nada porque su cuerpo mortal se había convertido en un espíritu y transformado en moneda ocupaba todo los bolsillos envidiosos y coléricos. Encendía y trastornaba a quien le portaba continuando el ciclo de los que condenan su destino por no cultivar lo más preciado del planeta. La simple vida en paz y como riego no sirve nada más que el amor de la justicia.

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