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domingo, 13 de enero de 2013

Tinta desaparecida



Siempre he sabido seguir un rastro. No necesitaba flechas que me indicaran la dirección adecuada a seguir. Solamente había que buscar esos puntos invisibles a primera vista que me llevasen al siguiente y así hasta encontrar el final.

Supongo que esa afición la adquirí de pequeño dibujando o rellenando juegos. Luego crecí y continué haciéndolo con otros instrumentos. Pero llevo tiempo sin pistas del rompecabezas. No queda rastro ninguno que seguir o que buscar. El mundo ha quedado limpio de toda presencia como si la mano de un cirujano hubiese intervenido en el asunto y seccionado su presencia.

Que hacer… en estos momentos ni tiene sentido. Es un callejón sin salida algo raro, porque ni siquiera hay muro, ni callejón, ni nada. Encontrar algo siempre es entretenido y delicado, porque hay infinidad de interferencias que harán que lo que te interesa llegue casi hasta perderse. Y aunque esos otros rastros te llevarán a otras múltiples opciones. Cuando buscas el rastro de una estrella. Lo demás simplemente son planetas muertos, fríos e inertes.

Volverás a repasar los anteriores pasos buscando cualquier cosa que pueda guiarte de nuevo al buen camino. A veces las búsquedas no te llevan a nada, otras a donde querías estar en ese preciso momento. Pero lo importante no es lo conseguido, sino lo hayas aprendido y aun mejor, lo que puedas asimilar. Echo de menos el rastro de tus trozos de cristal, tanto como encontrarlos, porque cuando pienso que quizás cortabas demasiado sonrío porque todas hasta las rosas tienen espinas.

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