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lunes, 18 de febrero de 2013

El dulce vaivén.



Mece el viento helado la soga que atada en el árbol me espera, envejece el tiempo su reseca piel mientras en su interior mantiene intacto su amor por mi cuello. Nacer para morir siempre fue su lema personal, y con su nudo bien amarrado aguarda a que mis pecados me lleven hacia la condena.

Ríe siseando entre el hueco de su boca mientras repta presa del lazo de su cola que le imposibilita la huida. Sabe que cuando cumpla su función será liberada, así que saborea su victoria imaginando el sonido de mis vértebras rompiéndose como dos nueces en un puño cerrado. Los escalofríos la recorren sacudiéndola hasta quedarse tiesa, dejándola sin aliento… Entonces vuelve a reírse esperando al momento en que sus deseos se tornen realidad.

La muerte espera, susurra la soga cada vez que ve mi coronilla, silba que el tiempo esta de su lado imitando a los Stone, su siniestro silencio viene a continuación. Cimbrea su cabeza intentado cazarme como un atrápasueños, sacude sigilosa su sinuosa figura hipnotizándome cual serpiente ávida de sangre. Baila conmigo el último baile… suplica después.

Me doy la vuelta y sonrío ante sus insinuaciones, después me giro y me marcho a otro lado donde pueda lamer mis heridas sin tener que escuchar a nadie que no se llame silencio. A veces pienso en el patíbulo y mis pecados, recuerdo lo que era el infierno y busco mentalmente la manera de no volver a el. En el árbol el destino me espera... en el suelo yo sigo esquivando esa dirección donde el mundo se da la vuelta y te cambia la vida.

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