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martes, 5 de junio de 2012

Mordina. Mitad mono, mitad sardina.

Sigue dentro por alguna parte, no puedes verlo, ni tocarlo, pero casi puedes sentirlo cuando se mueve. Las sensaciones se leen… o se experimentan, no aparecen por nada, salvo en honrosas excepciones. Permanece dentro escondida sin que nadie la pueda encontrar, no atiende al contestador, ni acepta las llamadas entrantes. Su silencio es como un entrecot sangrante que te espera en la mesilla de noche junto al despertador cada mañana. Puedes mirarlo, cortarlo con un cuchillo y notarlo. Dicen que es invisible, pero hasta tiene localización espacial, le gusta quedarse sentado en el hueco que deja los músculos del cuello al unirse con la espalda. Dice que detrás de mi las vistas son perfectas.

Está allí, sin decir nada, sólo suspira de vez en cuando a sabiendas que si tuvieras un ojo en el cogote, ella estaría tapándolo para que no pudieras contemplarla. Su incertidumbre tiene valores enteros y sus variables siguen su recorrido a rajatabla. El control es un niño que juega con su tortuga en una pecera de plástico. Todas las opciones están limitadas a la voluntad del amo. La presa, sólo gasta el tiempo que le queda por condena. Y ella sabe de eso, tiene dos masters y un doctorado. La hubiesen condecorado con un premio Nóbel, si no se hubiese tirado a la mitad de los miembros del jurado. Pero para pasar la semana, le gusta volver a descansar a su parcela de mi cuello.

Los collares nunca le gustaron, al igual que una amazona, le gusta montar a su caballo agarrándolo de las crines, susurrarle directamente las instrucciones al oído y dirigirle cambiando la presión ejercida con las piernas a modo de cizalla. Ni siquiera le gustan las fustas, prefiere clavar las uñas y agarrar la carne tal y como haría un león. Arrancando las fuerzas de una victima eterna que adora el masoquismo de dormir con el enemigo, sin que su vida importe más que el gasto de quitarla. Cierra los ojos, pero no logra soñar porque ni con el descanso cesa de oírla encaramada a su oreja con las pupilas dilatadas.

Respirándole directamente al oído. Acariciando su tímpano con una voz a media distancia entre el orgasmo y el quejido. Igual que el peldaño de una escalera que tras una vida en común acabas por dejar de hacerle caso.

Pero continua a mi lado como la sombra a cada persona, folla con mi soledad a mis espaldas para que yo no sienta tristeza. Gime y grita mientras me moja la columna haciendo sus canciones mías como cuando escuchábamos a Héroes del Silencio. Se masturba suspirando mi nombre cuando entramos en los ascensores que tienen muchos espejos. Le excita que intente mirarla, y disfruta mucho más mientras giro buscando algo que nunca encuentro, al igual que hacen los perros con su cola, sólo que ellos tienen más flexibilidad.

Cuando acabo exhausto y derrumbado por el suelo, se descuelga deslizándose fresca cual hielo por el cuello. Me mira a los ojos profundamente y me da un largo beso que sabe a las caricias de un jardín de flores exóticas. Después vuelve a montarme, a sabiendas que ni siquiera podré evitarlo. Soy su caballo y ella mi heroína. El mundo de las drogas es tan surrealista como un viejo vestido con uniforme de colegio regalando pastillas. Pero evitarlo a su vez es como decirle no a un condenado a muerte, muy duro y sin ninguna posibilidad.

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