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martes, 25 de septiembre de 2012

Muerto el perro se acabo la rabia.

Sonrisa macabra tu que te dibujas
en las caras de los más gilipollas
deja que el destino sea quien depare
lo que la historia ahora les esconde.

Y que sea mi paz y todo mi silencio
templo, tumba y nicho del susodicho
que mi leyenda turbo con su presencia
manchándola con su mezquina palabra
enroscada en una inútil y parca lengua
de ladrones y embusteros amiga digna.

Que hoce su hocico de cerdo hambriento
la comida que de otro no merezca aprecio
pues fue de ciego atrofiado ser tan necio
y zafio de no darse cuenta de lo que tuvo
sin dar si quiera nada a cambio del tiempo
que valía sin duda mayor valor que su oro.

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