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lunes, 16 de diciembre de 2013

Ya no existe la vida.



Desaparecido como las nubes en el cielo de verano, ya no me queda tiempo para nada que no sea la cocina. Las letras siguen acumulándose en el fondo de un horno que no cesa nunca de realizar una producción tan larga y eterna la cual no llega a fraguar y conforme se van tostando cada día más y más, cuando vas a buscarlas a la madrugada ya no queda sino ceniza y polvo de lo que eran.

La verdad es que nada bueno puede nacer de una tierra devastada a diario, esquilmando sus recursos para rellenar jornada tras jornada lo que el cliente demanda… al igual que un condenado por suicidio revive su última hazaña en el infierno como un idiota perfeccionista al que nada le sale bien, incluso la muerte en ocasiones es tan difícil de lograr como el gordo de la lotería.

Cuando el ganado se reúne nervioso para exigir su alimento, pierde todo rastro de asertividad y compañerismo y se basa simplemente en enfrentarse consigo mismo por consumir aquello que este entre sus deseos. Al igual que las ovejas sigo a mi propio pastor que me guía por los senderos y veredas mas recónditas y escondidas porque todos los niños deben de aprender de alguna persona mayor.

Gasto los días construyendo castillos de naipes que de ninguna forma sobreviven veinticuatro horas sin desmoronarse por cualquier tipo de razón, los días más sencillos ya estaba escrito y en el resto, ya no queda ni tiempo para nada que no precise un ápice de atención y que no sea imprescindible para mañana.

Abro la nevera, saco la bandeja y recargo la munición suficiente como para sobrevivir por los pelos a un nuevo enfrentamiento. Me miro al espejo y ya no hay nada más que se pueda perder que no sean ni deudas ni desperfectos. Levanto el pie y busco la fecha de caducidad hasta que la trompeta suena y embelesa a la cabra.

Bailamos, reímos y lloramos todos juntos en la sincronía que tienen todas las bombas. La mía es de las forradas con una gasa repleta de clavos, todo el mundo se aparta una vez al día y hasta yo lo hago cuando voy al baño, no vaya a ser que me salpique más de la cuenta, sin que por ello se cause ninguna guerra que no se pueda sofocar sin demasiado esfuerzo, pues las balas vuelan sin destino hasta los domingos por la mañana.

Tacho otro número del calendario asesinando sin piedad de nuevo a otra semana sin ni siquiera figurarme lo que se esconde dentro de la caja de la esquina. Cuando deseas tener un momento de paz y tranquilidad, nunca llega porque o bien la dirección no es la adecuada o sencillamente a veces no es más oro el que brilla… sino que al llegar a saber como se gana lo suficiente como para sobrevivir hasta la siguiente dosis de realidad.

Otras encuentras a un segundo solitario y logras empalmar con retales de la memoria una versión alternativa de lo que pudo haber sido sin que por ello vaya a ser verdad.

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