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miércoles, 4 de diciembre de 2013

El inicio del fin.



El primer día del trabajo en una cocina es tan incierto como el primer polvo que echas a lo largo de la vida. Puedes haber follado de cien formas distintas y con otras tantas mujeres… incluso restaurantes y llegar tu primer día y sorprenderte de nuevo como la primera vez.

Hace años ya desde que pise mi primer gastronómico, el de ahora es algo distinto y a pesar de que carezca de estrella michelín, sigue siendo esa clase de lugares donde todavía se puede disfrutar de la comida y desde el otro lado de la barrera, de un buen combate cada mediodía y repetir otra vez al caer la noche.

Me he pasado tanto tiempo fuera, que hoy tuve que rescatar a la mayoría de juguetes del fondo del armario donde esperaban al momento de ser utilizados. Cada uno tiene una característica y todos ellos una función específica, los sigo queriendo como si fueran mis propios hijos, acero de mi carne y como su sangre la que bebieron de mis venas en más de una ocasión.

No tienen mis ojos, pero si son tan ariscos que en ellos perdura el estilo inolvidable de la sonrisa afilada. Ayer al ocaso les devolví a la vida, esta mañana disfrutaron de su reencarnación… llevaban tanto abandonados que en seguida salieron todos a jugar a la encimera con todos los productos que deseaban ansiosos desde el pasado.

Por fin vuelve el callo del índice de la derecha a crecer tras kilos de brunoise de corvina, ternera y vegetales varios. Cada uno con su determinada dureza y su dificultad, pero sin dejar de ser un juego para asesinos natos. Regresa el calor al infierno del invierno que nunca probaste. Vuelve la estrella al firmamento y el demonio retoma lo de mover la cola desde el otro lado del espejo. Caerán los días como las hojas del otoño hasta mi próximo cumpleaños donde puede que entonces me den un par de alas nuevas y me manden al otro lado del océano.

Quien sabe, por ahora sólo me resta bailar como un poseído más la dulce melodía del violín de metal sobre el arpa de plástico duro. Para que de esta singular manera quemar el calendario para quizás ganarme un puesto donde brillar junto a otros hermanos de diferentes madres y de las mismas abuelas, porque nuestro arte es de los que se saltan una generación de las del medio y aparecen más tarde como un regalo.

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