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martes, 29 de mayo de 2012

La venganza de Abel.

Cuando por fin tras años de duro trabajo logro crear su enfermedad, sus mejores victimas ya habían pasado a mejor vida hacía mucho tiempo. Para variar llegaba tarde a darle solución a un problema, pero en verdad aunque el hecho de que para quien había sido creado no fuese a disfrutarlo, no le molestaba, porque siempre habría un asesino con el que experimentar sus avances.

Su virus no dejaba de ser un simple contador biológico que guardaba en su propia memoria su posterior venganza que no era otra que la muerte, con la única salvedad de que esta se producía en número de veces en la que el sujeto paciente habría matado a alguien. Su enfermedad era tan dura como una condena segura trasladada en el tiempo, las veces necesarias para que el contador llegase a 0, dando la paz total, sin no antes hacer sufrir la muerte y la reencarnación hasta una vez de nuevo saldada la cuenta.

A su virus le llamo Abel y se arrepintió de no haberlo tenido antes del exterminio nazi. Pero que su madre no le hubiese parido a su tiempo, era algo que él no podría haber cambiado ni con sus conocimientos. A pesar de todo se sentía feliz, de que el precio de una vida al final tuviera significado para él que osase quitarlas… en la comunidad científica al conocerse su progresos se produjo una gran revuelo y demasiada expectación.

Algunos detractores exigían la creación de un antídoto inmediatamente, a lo cual el joven brillante dijo que no, porque nadie sería capaz sinceramente de ponerle precio a una vida y él tampoco. Así que pulsando suprimir continuadamente elimino ante sus ojos la única posibilidad que eran los datos que hubiesen podido formularlo, dejando la receta original del compuesto, sin sus síntesis ni sus mecanismos de elaboración. Su formulación magistral sólo era capaz de ser reproducida teniendo en cuenta todos lo parámetros que por aquel entonces él solo guardaba en el lugar más seguro del mundo.

Su cabeza…

Y así fue como rompiendo un vial en ese recinto como comenzó a contagiarse la pandemia más inofensiva, puesto que una vez muerto casi la gran mayoría encontraría la cura, salvo aquellos que tuvieran oculto algún remordimiento oculto. A él no le valía que la inteligencia de algunos les guardará el secreto, o su habilidad les mantuviera en el anonimato de sus crímenes… ese virus era tan imparcial como la noche o el día… Y aunque la mayoría en esos momentos le hubiesen matado, muchos se lo cuestionaron al ver su sonrisa, porque todo había comenzado a propagarse… La ironía residía en que por fin tener las manos manchadas de sangre tendría su castigo adecuado.

Él se fue caminando silbando entre los gritos enardecidos de demasiados indignados y desapareció…Algunos dicen que huyo por el miedo, otros que se recluyó en un monasterio, pero casi todos saben que se fue de nuevo a vivir en el campo sintiéndose satisfecho de haber logrado un hito… la justicia de los muertos. Ahora los justos y los indefensos no volverían a sentir miedo porque la obsoleta pena de muerte que a su parecer era una solución inapropiada, no daba tanto miedo como la certeza de padecer un sufrimiento kármico pagado a plazos. La simple muerte, no era suficiente para algunos.

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