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sábado, 26 de mayo de 2012

El ornitorrinco bípedo, la evolución de las especies.


Todo ha sido un error prorrogado en el transcurso del tiempo. De nacimiento surgí centauro… Era un buen comienzo mezclado entre el hombre y el caballo. Durante la adolescencia trote países enteros mientras fortalecía las piernas, con el tiempo me salieron hasta manchas de leopardo… pero en un momento de fortuna logre cambiárselas a un leopardo coqueto que le gustaban más los puntos rellenos.

Gane elasticidad perdiendo algo de potencia… y afile los andares hasta hacerlos fluidos como el agua, como el mundo liquido siempre me llamo la atención fui transformando las plantas de los pies hasta hacerlas tan anchas que pudieran soportar mis cien kilos. En la tierra son como las aletas de los buzos por lo que debo de andar siempre de puntillas pero al meterse donde habitan los peces. Me vuelvo una mezcla entre pingüino y león marino. Pero aun así en Madrid no hay playa y algunos de sus ríos tienen tanta polución que habría que estar como una cabra para nadar en ellos.

Aún así, sigo disfrutando del campo como si fuese un perro y la montaña como los carneros con sus cornamentas pesadas… aunque mi frente parece más el frontal de los bisontes o a lo sumo la de un rinoceronte bebe, todo lo que se topa con mi cráneo suele acabar abollado o fracturado. Por suerte una central lechera independiente riega mis huesos con extra de calcio, aunque eso debe de ser por mamón, no por ninguna otra cosa cualquiera.

La cola, de demonio por supuesto… esa se puede camuflar mejor, aunque para ser sinceros una de las mejores es la de un buen lemur anillado, pero que se le va a hacer hay que aparentar ser humano. Aunque las manos sean como la de un orangután y los colmillos de un lobo. Los ojos… cada uno de un mundo, el derecho es de águila y el izquierdo parece de topo que con el tiempo ha ido escarbando hasta llegar a la superficie y volverse al menos de suricato. Aun así el olfato de cerdo y una texturizada lengua de gato siempre me han ayudado tanto en la cocina como fuera de ella. Seguro que se me olvida alguna característica más de la morfología de un bicho tan raro.

Escucho a las otras fieras deambular por las calles de la ciudad y aullar a la luna llena, sus pelajes se erizan en las noches de verano y sus pupilas se dilatan hasta volverse bestias enfurecidas. Algunas noches hay que tener cuidado para no acabar a mordiscos y arañazos mientras vuelves de donde sea que quiera que estuvieses metido. Sigo oliendo a levadura con sangre y aunque muchos me encuentran pocos se acercan. De lejos parezco jirafa cuya única arma son sus temidas coces, de cerca casi todos se lo piensan, porque no es lo mismo que un grupo cace una presa que, la presa zoológico acabe con ellos con la sonrisa de una hiena.

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