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jueves, 10 de abril de 2014

La sombra de las rendijas.





Acechante como la siguiente noche cuando ya despunta el nuevo día, la tragedia se masca a varias calles de distancia, sabe a catástrofe y promete dolor. Pero no hay miedo, ni un ápice de esa absurda conciencia que te susurra que no vayas, que ya todo esta perdido de antemano, que pensar solo en ir es sinónimo de suicidio… pero sigues avanzando no por valor, sino por voluntad.

Porque de alguna manera es lo único que sabes hacer bien en la vida. Acudir puntual a la batalla y esperar que de alguna manera al final del día sigas manteniendo parte de la sonrisa inicial. Pelear durante horas es cansado, un poco monótono y un pelín aburrido. Pero a su vez es excitante, divertido y quemas calorías… así que tampoco es del todo malo. Suena mejor cuando se hace en una cama, pero en una cocina también tiene su encanto. El lugar no importa demasiado, la cosa es disfrutarlo para hacer que pase el tiempo sin que te des cuenta. Un bálsamo calmante que te introduce relajadamente en todos esos sueños que te fueron vetados de por vida.

La condena del insomne es perder con el tiempo toda esa imaginación que se despierta cada noche de forma inconsciente, no se va a ninguna parte… tan sólo se esconde entre las sombras y espera a que la chispa salte para inmolarse contra ella y crear fragmentos fulgurantes que brillan intensamente antes de apagarse. Y de pronto te encuentras en una feria continua limitando los pensamientos para no descuadrar en el día. Ajustándolos para no pasar por las zonas prohibidas y dar comienzo sin consentimiento a ese festejo inapropiado.

Cada noche para los gatos empieza cuando las brujas dan cuerda al reloj y las calles se quedan vacías. Caminas tranquilo por la calle porque el frío se va marchando hacia otros lugares del sur y de pronto te encuentras con el mundo en tus manos y los bolsillos vacíos, con demasiados debes y muchos puedo pero sin opciones. Y sin darte cuenta te ves quitándole la anilla a la granada y tragándotela. Explota y el circo comienza, las luces se encienden y vuelan las sirenas por las calles vacías. La feria inicia sus fogonazos como cuadros anclados a un carrusel.

Las hojas se llenan por si solas y emprenden el camino flotando hasta el siguiente invierno y los corazones siguen latiendo porque la sobrepresión de sus vapores se expulsa por las orejas tal y como hacia Popeye. La vida continúa estés o no en su película, puedes montar cientos de tuyas y aún así ni compararse con la producción diaria que destila el planeta. Algunos científicos miran al cielo buscando respuestas en modo de pregunta al vacío, cuando a kilómetros de distancia alguien se muere por algo interesante de lo que hablar.

La ironía desayuna tostadas untadas por las dos caras de mantequilla, las come con pinzas sin temor a que se caiga porque siempre le quedará un lado a salvo. Y cualquier idiota consigue hacer slalom un domingo por la madrugada sin romperse la cadera ni tener que pisar la nieve. El calor vuelve como tregua antes de las lluvias de la semana que viene. Mientras por la noche llueven eternamente estrellas mientras siga sonriendo aquella chica que olvidaste encaramada en la sexta planta de su avenida.

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