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domingo, 9 de marzo de 2014

El hombre de la inercia.



Tantas veces caiga, una más se levantará aunque sea irguiéndose sobre su propia sangre, ese fue siempre su lema al que guardaba recelosa fidelidad. No importa cual sea el daño, lo curará tarde o temprano para sumarse a su colección de cicatrices que hacen plausible un historia digna del vertedero más inmundo del universo donde jamás se pensaría que pueda existir vida.

El dolor para algunos es inaguantable, para otros es como el dulce alimento de su sangre y su siniestro linaje. No deja de ser una leyenda al pie de las fotografías más macabras que ningún diafragma deseo nunca retratar. A pesar de todo su existencia era tan innegable como el tumor de odio que carcomía las paredes de un corazón tan podrido que latía sólo por llevarle la contraria a la mismísima muerte.

Cada madrugada al amanecer la parca se le acercaba desde las sombras afiladas jugando a cortar el aliento con su guadaña. Iba allá donde yaciera en reposo sin conciencia y masticando entre sus mandíbulas envejecidas al aire comentaba que a pesar de los obvios retrasos de tal cliente se le prologaba el calvario un día más hasta que pidiera clemencia por sus múltiples y variados pecados.

Al ocaso volvía a repetirse con una exactitud similar ese extraño baile de la muerte con sus encargos especiales, no por nada… sino porque nadie le había visto suplicar. No lo hizo cuando su padre le azotó sin piedad alguna hasta dejar los huesos desnudos entre la carne de su espalda, ni cuando en el calabozo un día después intentaron inútilmente arrancarle de las manos el trozo de garganta que rodeaba la característica nuez de su progenitor.

Pasaron semanas hasta que la arrojo a un lado de la celda, no por nada, sino porque ya comenzaba a apestar a perro muerto y le resultaba desagradable ver como los gusanos horadaban entre la cada vez más escasa carne restante.


Así que sin proponérselo sobrevivía un día más año tras año, hasta llegar al momento de desinteresar a la muerte porque con el tiempo le había robado incluso el orgullo de no fallar en su negocio.

Una mañana se despertó sin ni siquiera sentir la carga de quien teniendo una cruz encima tenía encima que cavar la fosa donde sería enterrado. Se levanto una vez más dando comienzo de nuevo a la cadena sin fin del que siendo roca se convirtió en arena para con el tiempo moldarse hasta transformarse en el mismo que era antes de que hasta la muerte se aburriera de esperar la mínima conducta que le convirtiera en un humano y su maldita misericordia compungida e inútil.

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