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domingo, 10 de agosto de 2014

En el ojo del huracán.



Agosto seguía quemándole las plantas de los pies y no le quedaba tiempo ni posibilidades de huir a ningún lugar a resguardarse entre las sombras. Llevaba dos años sin sentir más aliento que el del sol sobre su cogote y aunque lo tenía moreno en esa época. No había tenido oportunidad de sentarse a colocar unas ideas que andaban dispersadas por su alborotada cabeza.

Las historias se arremolinaban entre mezclándose. Confundiendo sus argumentos y cruzando a sus personajes en lugares y sitios que no les correspondía conocer. La luna llena brillaba en el cielo como un faro en el horizonte, pero ni en una noche tan iluminada como esa, lograba capturar todos esos fragmentos que andaban flotando en el cielo o pegados a su piel. Encontraba unos cuantos, pero era incapaz de rellenar los huecos que existían entre ellos.

El ocho era para él, como las arenas movedizas en medio del infinito. Ya no quedaban leones que le diesen miedo, ni respeto, ni pavor. Donde fuera que estuviesen estaban quizás más entretenidos, pero eso ya no le importaba ni tampoco le quitaba el sueño. Hacia tiempo que sus caminos se habían alejado en direcciones opuestas… irreconciliables pero a su vez había encontrado la paz suficiente para el hallar el sueño de los justos en medio de aquello.

Su vida no había cambiado, pero los decorados era distintos. Madrid se había vuelto a quedar vacía sin sus atrezos y el escenario era un lugar muy amplio donde ejecutar sus ensayos sin miradas ajenas o furtivas de desconocidos. La tormenta sonaba fuera… pero no allí dentro no caía todavía ni gota… en medio de un huracán, respiraba tranquilo hasta la siguiente prueba.

Coge la lima y empieza a dar pasadas en ese maldito trozo de metal, tallándolo hasta volverse la llave correcta, rebaja cada borde y cada arista haciéndolo casar con el resto del problema. Se entretiene meticulosamente con los detalles mientras a cada pasada encuentra imperfecciones que pulir. Sigue buscando la excelencia como los viejos alquimistas buscaban en secreto la formula perfecta.

Tenían las herramientas y sus teorías, las cantidades exactas, los mecanismos correctos y los materiales precisos, pero sin un infierno de energía inagotable nada podían conseguir. Sigue en su cocina… aguantando cada servicio como una batalla, el fin esta cerca y todo un sinfín de posibilidades se alinean a la salida del agujero de gusano. Cuando pierda las cadenas de sus muñecas volverá a correr para no detenerse jamás. Ya ha perdido mucho, pero si las cosas marchan bien no lo necesitará más.

Con suerte y algo de magia se puede sobrevivir a un agosto en Madrid, es sencillo cuando no hay leones en la ciudad porque andan jugando en la arena de la playa junto al mar. La libertad seguirá oliendo a salitre pero cuando se parezca a la de un niño enterrará el odio, se vestirá de perdón y enterrará por fin sus cuchillos de guerra.

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