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miércoles, 11 de julio de 2012

A lo Cid Campeador.


Nunca se dio por vencido, ni perdió sus anhelos sustituyéndolos por algo más apropiado, su ruina era su deseo y aunque el resultado fuese una derrota estrepitosa, portaba su armadura de gala y se lanzaba el primero al combate seguro de que al menos su ejemplo insuflaría un halito de esperanza a quien le estuviese observando.

Era tan feo que únicamente le miraban una vez a la cara porque dos sería digno de masoquismo, pero a él a esa edad ya no le importaba ni incomodar, ni sentirse un renegado desertor de cualquier patria… porque sencillamente vestía sus días con modestia y la humildad de quien guarda un tesoro debajo de la fachada como los que enterraron las obras de arte lapidándolas durante la guerra.

A esas alturas ya no le quedaba miedo, ni vergüenza porque en su infancia había gastado ambas a partes iguales en cada rechazo, en cada no que a sabiendas tenía siempre por adelantado, pero ni una soga de acero trenzado atada al cuello cuando caminaba por el alambre minaba sus esperanzas de conquistar a la ella, la única persona que una vez le había sonreído de forma natural, sin ser forzada, ni tampoco causada por simple piedad.

La verdad es que decirle lo que sentía a la chica más guapa de esa poblada ciudad era como lanzarse a un suicidio voluntario con los carrillos llenos de pastillas al igual que hace una ardilla glotona, pero lo peor de todo no era el intentarlo, sino encajar con dignidad cada guantazo que significaba otra negativa en una larga lista que empezaba a asemejarse a la lista de niños con la que papa Noel trabajaba por navidad.

A pesar de todo… si la entereza era una virtud asociada al acero, su compostura entonces era tan férrea como los cimientos de la torre Eiffel en plena hora punta de visitas una primavera cualquiera, porque sentía tal amor por si mismo y por ella que nada podía tumbarle el orgullo ni la dignidad de volver sólo el camino andado hasta su siguiente rechazo, pero como decían los guapos, mejor solos que mal acompañados, así que se sentía tan bello como el mejor de los picassos.

Y no fue hasta ese momento que en preciso instante que fue a abrir la boca el mundo quiso comérselo tragándose sus pies de un bocado y sacando fuerza de la flaqueza tomo impulso hacia delante con tan mala fortuna de quedar a un palmo de la boca de su amada y ya viéndose perdido se acercó un poco robándole el beso más tierno y lleno de amor que nadie jamás le hubiese ofrecido.

La chica dio un paso hacia atrás sonrojada dejando escurrir una sonrisa entre sus labios aun turbados, a lo que él simplemente dijo:

Yo sólo venía para presentarme, pero no se que me ha pasado. La verdad es que me voy mucho más contento de lo que había llegado, nunca me hubiese creído que fuese tan fácil besar a alguien sin pensárselo, pero ya que tu nombre debe de ser algo parecido a Afrodita me voy satisfecho por al menos haberlo intentado. Yo me llamo Giussepe por si quieres saberlo y ya me largo sin molestar demasiado por donde he venido…

- Yo ya conocía tu nombre… Mi nombre es Irene, encantada de que por fin te hayas presentado.

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