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viernes, 10 de marzo de 2017

La parca acecha.

Siete años matando asesinos en Rusia dejan hasta un país tan helado desierto.  El vodka crecía frenético en los estantes sin su numerosa legión de seguidores sedientos después del trabajo. Un país frio que sufría de alguna manera una enfermedad letal y contagiosa. Cuando nos quisimos dar cuenta. Recibíamos hasta ofertas de la competencia para liquidarnos a nosotros mismos.

A Némesis la idea le hacía morirse de risa. Nunca nadie podría ponerle en contra mía. Porque al demonio de la sonrisa no puede matarle dos veces la misma cosa. Némesis ya acabo conmigo la primera vez que baje al infierno. Un muerto no puede volver a morir. Aquella vez me salve por un pelo de un coma que duro un año, en lo que logre salir a nado del mismísimo Egeo.

Cuando acabamos en Rusia ya podíamos volver a casa, porque de alguna forma extraña todo lo que sobraba allí había emprendido viaje a España. Así que como buenos rastreadores, seguimos el camino de miguitas hasta la costa este. Comenzamos en Barcelona y bajamos hasta el sur siguiendo la autopista.

Comprobábamos el terreno palmo a palmo de forma milimétrica, no había piedad ni descanso.  Tampoco  dejábamos cabos sin atar. Cualquier empresa era meticulosamente analizada, ya fuese de limpieza o un burdel. Yo y mi sombra dorada, nos cerciorábamos de que ningún detalle pasara por alto.

La mafia no tardó mucho en llamarnos la parca. Nos descojonábamos de nuestro cariñoso mote, y lo usábamos con inusitada violencia. Cuando entrabamos en acción ya no había cabida para las preguntas y los interrogatorios. Repartíamos como un crupier en una mesa de apuestas. Todo el que estaba presente recibía lo suyo por descontado. Nunca faltaba el plomo en esa maldita pistola.

Las fuerzas del estado español, siempre llegaban tarde a las reyertas, en parte para no verse mezcladas en la ensalada de disparos que se podría como una virolenta tormenta surgida de la nada. Únicamente tenían dos funciones, la de limpieza tras el debido atestado y para frenar de alguna manera la oleada de extranjeros que bajaban hacia el sur presionados por el embolo de la muerte.

La parca original portaba una guadaña, nosotros más originales, llevábamos revolver y cuando el cargador se agotaba cualquier objeto se convertía en útil hasta volver a recargar. Siete tiros generalmente daban siete muertes a no ser que se dispararan a quemarropa que en ese caso había llegado a liquidar a nueve con un solo cargador.

Entre ráfaga de disparos y ráfaga, se abría la veda al asesino del día. En ese caso la imaginación entraba en vanguardia. Ceniceros, sillas, mesas, botellas… no importaba el número, ni el género, quizás algo más la especie o el material. Puesto que las barras de acero funcionaban mucho rato por encima de la madera o el cristal por su resistencia.

No importaba nada aparte de jugar. Y en eso Dios sabe que eran los mejores, al igual que dos eternos críos, se pasaban el día peleando contra el mundo, salvo que en esa ocasión su genocidio se basaba en exterminar todas las mafias que actuaban en la costa, sin que las fuerzas de seguridad pudieran evitarlo. Y para nada era un campo de flores… aunque en los féretros de sus víctimas abundaran.

La policía también nos seguía a nosotros porque a pesar de ser una ayuda macabra, no dejábamos de ser delincuentes causantes de demasiado alboroto como para permitirnos actuar tan libremente y con total impunidad. En eso había dos vertientes. La vieja escuela a la que le agradaba la forma de actuar y los novatos que soñaban con encumbrarse en la cima de capturar al demonio de la sonrisa, como cariñosamente se nos había apodado.

En fin, toneladas de plomo después… y tras dar dos vueltas enteras a la costa ibérica. Ya apenas quedaba nada coordinado de la mafia. Habían salido escopetados hacia miles de direcciones pensando que así nada ni nadie podría seguirles. Y en verdad algo de razón tenían. Era la hora de unas vacaciones… 

Viajamos a Eivissa no por seguir presentando batalla, sino para descansar y retomar viejas amistades. Una vez estuve en el infierno por mi propia causa y otra por un accidente en el que me vi involucrado. Cuatro vueltas de campana y una hora sin conciencia, suele hacer que a una curva cualquiera del centro de la isla, se le pueda llamar hogar. Recuerdo despertar en urgencias con la cabeza cosida de cualquier manera entre los baches y las curvas. Mi frente sigue teniendo un agujero con la forma de un rayo que lo atestigua.



Aterrizo en el aeropuerto y recojo mi equipaje… cuando emprendo la dirección de salida, un guardia civil solitario me corta el paso pidiéndome la documentación. Dentro de la maleta Némesis se revuelve, noto por el asa como sus ansias vibran dentro de mi puño, con la mano libre busco mi cartera, en lo que unas voces comienzan a escucharse a mi espalda. Espera, espera a ese no!, escucho desconcertado.

El que me detuvo echa mano a la pistola en lo que el desconocido de mi espalda llega a su lado y le detiene en su siguiente acto.

-          -A este chaval no hombre! Si es Miguel Ángel…
-          -¿Cómo? Le cuestiona el interesado.
-          -¿No te acuerdas que un día te conté lo del tío muerto de la curva de San Carles?
-          -Si claro…
-         - Pues es este!!!. Bienvenido cocinero.


Sonriendo les doy la mano a ambos, mientras me despido hasta la próxima. Les doy las gracias y les digo donde me hospedo para que puedan pasarse a tomar algo. Némesis se relaja de nuevo en su cómoda funda. Hemos vuelto a casa sin que el tiempo haya pasado.

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