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jueves, 11 de febrero de 2016

De nuevo en el patíbulo.

Cuando cesó el alto al fuego volvieron a volar las balas en todas direcciones. Había pasado un periodo de tranquilidad pocas veces alterada, y ahora le tocaba recibir todo el yang que había quedado sin repartir durante tanto tiempo.

La paz era un recuerdo del pasado, algo que comenzaba a tornarse borroso y difuminado. La guerra se podía olfatear en el ambiente entre el olor a la sangre reseca y el de la carne que comenzaba a podrirse. El ruido había mutado en una amalgama de gritos y llantos. El conflicto se sentía desde la base del cráneo hasta la curcusilla.

Era inevitable como el pedir disculpas o ayudar a los ancianos. Pero a él no le importaba, de alguna extraña manera había nacido para eso. Era un mercenario que mantenía su mente fría hasta cuando manaba su sangre caliente. No perdía nunca la compostura ni sentado en medio de nido de avispas asesinas.

La derrota era inadmisible y aunque la victoria no estuviera al alcance de la mano, no había lugar para el abandono ni la rendición. En eso era como un ronnin japonés, su señor era su amo y su religión la batalla. Nunca existe el miedo a perder cuando se baila con un ángel de la guarda cosido a la espalda.

Dicen que solo los cobardes huyen frente al peligro, cuando en verdad es que todos lo hacen menos uno, o puede que varios, pero por ahora sólo conozco los que caben en los dedos de una mano. Ellos forman parte de la legión prohibida, una selección de personajes que no saben decir no ni rendirse ante cualquier batalla.

Hoy en día la cocina es el boom en todas las noticias, hay cientos de programas, miles de recetas, muchos  caraduras y un sinfín de despropósitos con patas deambulando por restaurantes y bares. En un país sede mundial de la hostelería donde los salarios dan risa por no decir pena si se comparan con el resto de países de la unión europea tanto por cuantía como por horarios.

Existe una raza de seres de excepcional valía que no titubean ante el peligro ni su tensión, bailan sobre ascuas mientras esquivan cuchillos y heridas. Una hermandad de amantes de los aromas que visualizan sin darse cuenta la mejor presencia para cualquier plato que caiga en sus manos. Personas anónimas que tarde o temprano llegan a estrellas o continúan desde las sombras dando de qué hablar, ilusionando y sorprendiendo.

El patíbulo no es más que el culmen para cualquier condenado que llega al final al destino que tanto busco y cuyo dueño sin dudar presenta su valor por última vez quizás. Porque nadie sabe donde nace 
un genio, o muere una estrella. Todas las incógnitas siguen encerradas en una caja perdida sin remitente, puede que alguna vez la encuentre o puede que todo siga como hasta ahora porque el futuro sigue escondido detrás de la esquina de un dodecaedro.

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